La gran mayoría de los problemas ortopédicos de la infancia se resuelve espontáneamente con el crecimiento. Muchas «deformidades» no deben considerarse patologías, ya que corresponden a fases del desarrollo musculoesquelético del niño: la inmensa mayoría de pies planos, tibias varas, genu varum, e incluso genu valgus desaparecerán con el tiempo.
Pero algunas de estas alteraciones pueden persistir en mayor o menor grado hasta la pubertad y tener su repercusión funcional en el futuro. Por ello, el diagnóstico de las anomalías auténticamente patológicas es trascendental realizarlo lo más precozmente posible, ya que podrán beneficiarse de un tratamiento ortopédico eficaz.
Hay que saber distinguir, pues las patologías reales de las simples desviaciones transitorias, que son simples variantes de la normalidad.
El pediatra deberá revisar las terapéuticas “tradicionales” cuyo beneficio no esté comprobado y que puedan representar una carga económica para los padres y la sociedad. Por ejemplo, los denominados “zapatos ortopédicos” y las botas de horma recta, debido a su peso excesivo y a la inmovilización del tobillo, provocan que el niño ande con lentitud, corra con dificultad e incluso le dificultan participar en juegos con la debida agilidad. Hay que desechar tratamientos ineficaces pensando que acortan la duración de una desviación transitoria o bien el hecho de molestar al niño para intentar complacer a los padres: ellos requieren un diálogo sincero, un diagnóstico preciso y un seguimiento periódico adecuado.



